Cuando el agua dejó de estar, empezó a construirse algo distinto

El Camino del Agua: cuando la escasez hídrica se convierte en gestión comunitaria del agua, territorio y futuro compartido.

En abril de 2024, México atravesaba uno de esos momentos donde la palabra sequía deja de ser noticia y se vuelve rutina: presas en niveles críticos, ciudades en alerta, comunidades enteras enfrentando la incertidumbre de no saber cuándo volvería a haber agua.

En ese contexto, lo que ocurrió en La Huerta San Agustín no fue una excepción. Fue una manifestación local de una crisis extendida. Pero también fue el inicio de algo distinto: El Camino del Agua.

La Huerta San Agustín está a las afueras de Valle de Bravo, en la parte alta del cerro, a más de 2,000 metros de altura. Un territorio de bosque de coníferas donde las lluvias pueden ser intensas, pero el agua no necesariamente se queda. Escurre, se pierde, baja.

Ahí viven alrededor de 250 personas. Muchas familias están emparentadas, de una u otra forma. Eso no significa cohesión: hay cercanías y distancias, historias compartidas y tensiones acumuladas.

Ese mismo abril del 2024, Antonio —director de Somos Micelio y Valle Paralelo— se encontró con una escena que lo marcaría: un niño sostenía en sus manos una rana seca. Algo que no debería haber pasado, había pasado.

La respuesta fue inmediata. Llamadas, gestión, pipas. Una reacción lógica ante la urgencia.

La urgencia tomó forma: El Camino del Agua

Las pipas trajeron agua, sí. Pero también trajeron otra cosa: reuniones, seguimiento, acuerdos.
Un tipo de organización que no estaba ahí antes.

Al principio era solo la necesidad. Luego fue la logística. Después, la repetición. Y en esa repetición empezó a pasar lo inesperado: la gente comenzó a encontrarse.

Se empezó a hablar. A preguntar. A escuchar.
A reconocer a quienes estaban al lado.
A descubrir que, incluso en un lugar donde casi todos son familia de alguna forma, eso no significa que haya vínculo.

A partir de ahí, fueron llegando capacidades distintas. Se integraron cuatro organizaciones que sostienen el núcleo del proceso: Valle Paralelo, Programa VivA, El Humedal y Somos Micelio. Cada una con su mirada, pero con un principio compartido: no llegar a imponer.

Y en ese punto apareció una de las decisiones más difíciles.

Dejar de ayudar

Las pipas resolvían la urgencia, pero no cambiaban la estructura del problema.

Cecilia, directora de Programa VivA, lo entendió con claridad: si el objetivo era transformar la situación, no bastaba con seguir llevando agua. Había que detenerse.

Parar las pipas no fue un acto de abandono. Fue un giro de fondo.

Ayudar sin transformar puede convertirse en otra forma de dependencia.

Ahí empezó a tomar forma El Camino del Agua. No como un proyecto para entregar soluciones, sino como un proceso para construirlas.

Un territorio que hay que volver a entender

La Huerta San Agustín es un lugar donde el agua se busca, se cuida y se gestiona con lo que hay. Donde se capta cuando el clima lo permite. Pero una sequía extrema puede romper cualquier equilibrio: lo que antes alcanzaba deja de alcanzar.

El acceso al agua no depende solo de si llueve o no llueve. Depende también de las condiciones del territorio, de cómo está construido el entorno y de qué tan fácil —o difícil— es almacenar, proteger y distribuir el agua en el día a día.

Aquí, el territorio pesa. La altura, las pendientes, los caminos, las distancias. Lo que en un mapa parece cerca, en la vida cotidiana puede ser complicado. Y cuando llegan los extremos —sequías más largas, lluvias más intensas, granizo— no solo cambia el clima: cambian las reglas.

También pesa la infraestructura disponible: lo que existe, lo que falta, lo que se deteriora con el tiempo, lo que requiere mantenimiento. Y pesa el conocimiento: saber cómo captar, cómo cuidar, cómo operar sistemas.

Pero pesa igual —o más— algo que casi nunca se menciona: la capacidad de sostener acuerdos. La comunidad. Porque si las soluciones dependen de una sola persona, tarde o temprano se rompen. Y si los acuerdos no se sostienen, ninguna infraestructura alcanza.

Muchas casas han sido levantadas y sostenidas con esfuerzo, a lo largo de años. Y en un lugar con lluvias intensas, granizo y cambios bruscos, la calidad de los materiales no es un detalle: es parte de la seguridad, de la salud y de la posibilidad real de cuidar el agua a largo plazo.

No es una solución: es un sistema

El Camino del Agua incluye infraestructura, sí. Pero no se define por una obra.

Se construye como un sistema que articula varias piezas: reemplazo de techos por materiales seguros y duraderos; sistemas de captación pluvial en viviendas y escuela; protección y rehabilitación del manantial; lavaderos comunitarios con tratamiento de aguas; biofiltros y humedales; baños secos; sistemas de bombeo y distribución; cisterna comunitaria; y un enfoque de aprendizaje continuo.

La lógica no es “hacer todo”. La lógica es conectar lo necesario para que el agua deje de ser incertidumbre y empiece a ser algo que se puede sostener.

El punto de partida fue un diagnóstico colaborativo. Comunidad, organizaciones y especialistas definieron juntos necesidades y prioridades. De ahí salió el co-diseño de la infraestructura y el diseño educativo.

Decidir antes que hacer

En El Camino del Agua, la comunidad no es beneficiaria. Es parte del proceso.

Las familias deciden si participan. Diseñan junto con quienes acompañan. Construyen con sus propias manos en procesos de autoconstrucción guiada. La infraestructura no se coloca como quien deja un objeto; se vuelve parte de la vida cotidiana porque la gente la entiende y la cuida.

La solución no se instala. Se construye.

Y en esa construcción pasan dos cosas que importan tanto como la obra: aparecen capacidades, y se forma comunidad.

Aprender a ver el territorio

Antes de resolver el agua, había que aprender a verla.

Eunice, desde El Humedal, sostiene el trabajo de educación y formación comunitaria. Lo hace, entre muchas otras formas, caminando el territorio con niñas y niños de La Huerta San Agustín, junto con Mauricio Puente y su proyecto Lenguajes del Agua. Delimitan, reconocen, nombran, reapropian.

“Uno ama los caminos por los que anda.”

En ese caminar aparece algo que el diagnóstico técnico no captura por sí solo: el vínculo con el lugar.

“He descubierto el profundo cariño que le tienen a su lugar… y ese amor les da saberes sobre el agua.”

No se trata de llegar a “enseñar” desde arriba. Se trata de construir aprendizaje desde lo vivido, y recuperar una memoria territorial que ya existe.

Lenguajes del Agua: ponerse de acuerdo también es un reto

Mauricio lo plantea desde un problema que parece invisible hasta que lo vives: la falta de lenguaje común.

“Cada quien habla un idioma distinto… y así es muy difícil ponerse de acuerdo.”

En un proyecto así, lo técnico es una parte. Pero coordinar voluntades, intereses, experiencias y perspectivas es otro reto igual de complejo.

“Necesitamos que todas esas piezas se comuniquen para poder entender qué está pasando y qué podemos hacer.”

Cuando se construye lenguaje común, se construye capacidad de decisión. Y esa capacidad es la base de la autogestión.

Lo técnico ya existe — y eso cambia la conversación

Desde el diseño hidrológico hasta los sistemas de tratamiento y captación, la parte técnica del sistema está planteada y diseñada. Miguel, ingeniero de El Humedal, trabaja en integrar esos elementos para que funcionen en el territorio y en la vida real.

Lo técnico existe. La información existe. Las tecnologías existen.

Lo que no siempre existe es la voluntad, la organización y la capacidad de generar acuerdos para implementarlas y sostenerlas.

Esa es la frontera real.

Lo que ya está ocurriendo

Hoy el proyecto tiene un plan co-diseñado con la comunidad. Existen diseños de infraestructura hídrica, diseño educativo y teoría de cambio. Se ha avanzado en vínculo comunitario y en procesos de aprendizaje. Se han colocado ya más de cinco techos, como parte de intervenciones urgentes y puntuales.

Y también hay una verdad que no se maquilla: no todo el mundo está convencido.

Algunas personas están emocionadas. Otras sienten desconfianza, por historias previas de abandono o de promesas usadas como intercambio. La comunidad, en el sentido profundo, no aparece sola. Se construye.

Ahí está Anayeli: habitante de La Huerta San Agustín, parte del comité, parte del proceso. Su voz aterriza lo que significa trabajar desde adentro: construir acuerdos en un lugar donde casi todos son familia, pero no necesariamente se llevan bien.

La verdadera tecnología

El Camino del Agua sostiene una idea central: la generación de comunidad es la mejor tecnología para resolver la escasez de agua.

No porque la ingeniería no importe. Importa. Mucho.

Pero sin organización, sin corresponsabilidad y sin acuerdos, ninguna infraestructura se mantiene. Y sin mantenimiento, el agua vuelve a ser incertidumbre.

Antonio lo resume sin rodeos: “la creación de comunidad… no es un objetivo aislado, es la esencia del proyecto”. Porque es ahí donde aparecen soluciones que una sola mirada no alcanza a ver.

Mauricio lo mira desde otra metáfora: La Huerta como “una caja de Petri”, un territorio pequeño donde se puede probar si un modelo de colaboración social realmente funciona. Si funciona aquí, no porque sea perfecto, sino porque es real.

Lo replicable no es la obra, es el proceso

Cada territorio es distinto. No se trata de copiar una lista de infraestructura.

Lo replicable está en los principios: diagnóstico colaborativo, co-diseño, autoconstrucción acompañada, formación de capacidades, lenguaje común, acuerdos sostenidos.

La obra cambia según el lugar. El método, espera el Comité de El Camino del Agua, puede y debe permanecer.

Lo que está ocurriendo en La Huerta San Agustín no es solo una respuesta a la escasez de agua.

Es una forma distinta de sostener la vida.

Un proceso que parte de una crisis, pero no se queda en ella. Que usa el agua como hilo conductor para reconstruir vínculos, crear capacidades y volver a organizarse.

Cuando el agua dejó de estar, empezó a construirse algo distinto. Y esa posibilidad —en tiempos como estos— importa más de lo que parece.

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